Verdad y justicia para la matanza de Acteal (Chiapas)
Por Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de las Casas
SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, viernes 28 de agosto de 2009 (ZENIT.org-El Observador)
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La Suprema Corte de Justicia de la Nación ordenó, alegando irregularidades en los procesos penales, la excarcelación de 20 indígenas tsotsiles, a quienes se ha acusado de participar en la masacre de 45 niños, mujeres y ancianos, que oraban pacíficamente por la paz el 22 de diciembre de 1997, en Acteal, todos ellos miembros de la Organización Civil “Las Abejas”. Están en revisión otros casos del mismo hecho execrable, y, por tanto, es probable que otros más sean liberados. La Suprema Corte se lava las manos diciendo que no declara inocentes a los excarcelados, sino sólo que su proceso estuvo viciado por varias deficiencias jurídicas.
Este hecho ha suscitado muchos comentarios. Agrupaciones protestantes que han defendido a los inculpados, pues la mayoría de éstos no son católicos, aplauden la decisión. Otros condenan y descalifican el “sistema de justicia” en el país. Unos exigen juicio y castigo a los autores intelectuales de gobiernos pasados. Otros prevén venganzas y nuevos crímenes, si retornan los liberados. ¿Qué nos toca como Iglesia? ¿Qué pide el Evangelio?
JUZGAR
Siempre condenaremos el asesinato de los 45 inocentes de Acteal, que nunca aceptaron el camino de las armas, ni de uno ni de otro de los grupos antagónicos de la región, sino que se definieron y se mantuvieron como luchadores pacifistas por la justicia. Oraban y ayunaban por la paz de la región. Hasta la fecha, sus deudos piden verdad y justicia, pero no abogan por la venganza y la violencia. Por decisión sostenida en su fe, no tienen armas, ni confían en ellas. Siempre nuestra diócesis los acompañará en su demanda de justicia, no sólo porque son católicos, sino porque no puede haber paz estable sin verdad y sin justicia. El conflicto, lo reiteramos, no fue religioso, sino netamente político e ideológico.
Los responsables de este crimen no deben quedar libres e impunes. Si algunos de los ahora liberados son culpables, debe haber procedimientos jurídicos para que sean nuevamente juzgados y encarcelados. Y si son inocentes algunos de los actualmente presos, es de justicia que adquieran su libertad. Sin embargo, el juicio de la Suprema Corte no avala la inocencia de los liberados. Una cosa es la inconsistencia jurídica de un juicio, y otra que haya o no culpabilidad. Puede haber inocencia jurídica, pero culpabilidad real. Los deudos de las víctimas afirman que la mayoría de los que salieron libres, participaron directamente en la masacre. Su testimonio es vivo y real; se conocen.
¿Y qué decir de los autores intelectuales? Que es mucho más grave su culpa. Los que planearon y ordenaron este crimen, aunque nunca pisen la cárcel, y aunque presuman de ser inocentes, no podrán vivir tranquilos. Pueden engañar a los hombres y burlar las leyes, pero no a sí mismos ni a Dios. La sangre inocente siempre reclamará justicia. Es de justicia que se esclarezca hasta qué punto las más altas autoridades federales y estatales planearon y decidieron el crimen. Si se comprueba su responsabilidad, directa o indirecta, han de ser enjuiciados.
ACTUAR
Debe seguirse esclareciendo la verdad, como base para ejercer la justicia. Sin verdad, no hay justicia y se cometen muchas injusticias. Sin verdad, pueden andar libres los realmente culpables, o permanecer en la cárcel quienes nada tuvieron que ver. Sin embargo, lo lamentable es que algunas autoridades judiciales no dan fuerza jurídica a las declaraciones de los deudos de las víctimas, que ya se cansaron de dar pruebas en contra de los liberados.
Sienten que no les hacen caso por ser pobres.
Todos debemos seguir luchando por la verdad y la justicia, evitando venganzas y nuevas divisiones, que dañan tanto a las comunidades. Desde lo que nos enseña Jesús, exhortamos al perdón y a la reconciliación, desde lo profundo de los corazones de todas las partes, siempre sobre los cimientos de la verdad y la justicia, para que haya una paz duradera y estable. Este es un proceso y hay que trabajar mucho el interior y la fe de las personas. Que el Espíritu Santo nos conceda sabiduría y fortaleza, para discernir la verdad y practicar la justicia.
“El más grande legislador” de EE.UU. reposa en paz y en la historia
Temas de actualidad
Washington, 29 ago (EFE).- Edward Kennedy, icono de la izquierda estadounidense y “león del Senado” de EE.UU., fue enterrado hoy junto a sus hermanos en el Cementerio Nacional de Arlington, tras un velatorio multitudinario de tres días en el que el presidente Barack Obama lo calificó como el “más grande legislador de nuestros tiempos”. Seguir leyendo el arículo
El patriarca de la dinastía política fue enterrado en una ceremonia privada en el Cementerio Nacional de Arlington, cercano a Washington y que sirve de panteón a más de 330.000 soldados y héroes nacionales.
El sepelio, con gala militar y riguroso rito católico, fue presidido por el cardenal y arzobispo emérito de Washington, Theodore McCarrick, amigo del ex senador demócrata de Massachusetts.
“Su rugido y su entusiasmo por las cosas en las que creía hicieron una diferencia en la vida de nuestra nación”, dijo McCarrick, quien leyó una carta que Kennedy envió recientemente al Papa Benedicto XVI mediante el presidente Obama.
La viuda de Kennedy, Vicki Reggie Kennedy, recibió la bandera estadounidense que cubría desde el miércoles el féretro del senador.
El “león liberal” del Senado reposa a 30 metros de la tumba de su hermano, el ex senador Robert Kennedy, y a unos 61 metros de la del ex presidente John Fitzgerald Kennedy, donde arde una llama inextinguible y es imán de cuatro millones de turistas cada año.
Kennedy falleció el martes pasado a los 77 años en su hogar en Hyannis Port (Massachusetts) tras una batalla de 15 meses contra un cáncer cerebral. Al menor de nueve hermanos ahora le sobrevive únicamente su hermana Jean Kennedy Smith, de 81 años.
Sus restos mortales permanecieron hasta hoy en la Biblioteca Presidencial JFK en Boston, donde unas 50.000 personas se acercaron, incluso desde varios puntos de la costa este, para despedirse de un “hombre del pueblo” pese a una vida de privilegios.
En su último recorrido por Washington, el cortejo fúnebre paró unos minutos frente al Senado, adonde Kennedy llegó por primera vez a los 30 años, en 1962.
Allí, centenares de personas, entre líderes del Congreso y empleados y ex empleados de Kennedy, lo recibieron con prolongados aplausos, oraciones y patrióticas canciones como “God Bless America” (Dios bendiga América) y “America The Beautiful” (América la bella).
La caravana fúnebre, con limusinas, todoterrenos con ventanas polarizadas y autobuses, recorrió todo lo ancho de la Avenida Constitución y el Memorial Bridge, sobre el Río Potomac, rumbo al cementerio.
Bajo fuerte custodia policial, el clan Kennedy saludaba con las ventanas bajas a centenares de personas que aplaudían de forma prolongada, portando cámaras, carteles, y banderas estadounidenses de todo tamaño.
Cecilia Sinohui, una estudiante californiana con raíces indígenas y mexicanas, dijo a Efe que “el trabajo de Kennedy a favor de los derechos civiles, así como de la educación y la reforma migratoria, tuvo un gran significado para el país”.
Mientras, John y Alma Glover, una pareja de jubilados afroamericanos septuagenarios, afirmaron que Kennedy “fue un hombre del pueblo que dedicó toda su vida a buenas causas”, como los derechos civiles y la defensa de los marginados.
Horas antes, en una misa fúnebre en la Basílica de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en Boston (Massachusetts), Obama pronunció un panegírico de 15 minutos en el que celebró la fortaleza de Kennedy frente a la adversidad, su entrega a los necesitados y sus triunfos legislativos.
Al ensalzar su obra y figura ante unos 1.500 invitados, Obama se refirió a Kennedy como “compañero, mentor y, sobre todo, amigo”, y destacó que el senador es producto de una era en la que la “nobleza de la política” se anteponía a las pugnas partidistas.
“Fue así como Ted Kennedy se convirtió en el más grande de los legisladores en nuestros tiempos: se ciñó a sus principios pero también buscó consenso y causa común… a través de la amistad, nobleza y humor”, dijo Obama, como ejemplo del esfuerzo bipartidista de Kennedy en sus 47 años el Senado.
A la misa asistieron luminarias de la constelación política de EE.UU., incluyendo tres de los cuatro ex presidentes del país, miembros del Gabinete presidencial y de ambas cámaras del Congreso, artistas y celebridades de los medios de comunicación.
En la ceremonia actuaron el tenor español Plácido Domingo y el violonchelista estadounidense Yo-Yo Ma.
Sus hijos Patrick Kennedy y Ted Kennedy Jr, dieron el toque más íntimo a la ceremonia, al recordar, con humor y con la voz entrecortada, la vida y trayectoria de su padre.
“La labor continúa, la causa perdura, la esperanza aún vive y el sueño nunca morirá”, dijo Edward Kennedy Jr, repitiendo la lapidaria frase de su padre al perder la candidatura presidencial del 1980.
La segunda guerra mundial, “hora de las tinieblas” para la humanidad
Vuelve a publicarse la carta de Juan Pablo II con motivo del 50 aniversario del conflicto
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 30 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- La segunda guerra mundial, provocada por ideologías que sometían al hombre al poder del hombre, constituye “una de las tragedias más devastadoras y más inhumanas de nuestra historia”, sobre la que hay que volver a reflexionar para evitar que algo semejante vuelva a producirse.
Son palabras pronunciadas hace veinte años por el papa Juan Pablo II, en su carta apostólica con ocasión del 50 aniversario del comienzo de la segunda guerra mundial.
El diario de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, publica en su edición italiana el texto íntegro, a pocos días de cumplirse el 70 aniversario del conflicto bélico. Una efeméride a la que también el Papa Benedicto XVI ha dedicado este año varias reflexiones.
En aquella carta, el papa polaco, testigo personal de aquella “hora de las tinieblas”, invitaba a todos los hombres, y especialmente a los católicos, a una “reflexión profunda” sobre las causas que llevaron a una guerra “inhumana y despiadada”.
Aquel conflicto, insistía el Papa, condujo al mundo “hasta los abismos de la inhumanidad y de la desolación”, a la destrucción de ciudades enteras y a la muerte de 55 millones de personas, y podría volver a repetirse si el hombre no extrae una lección del pasado.
“Hoy sabemos por experiencia que la división arbitraria de las naciones, la deportación forzosa de las poblaciones, el rearme sin límites, el uso incontrolado de armas sofisticadas, la violación de los derechos fundamentales de las personas y de los pueblos, el no observar las reglas de comportamiento internacional y la imposición de ideologías totalitarias sólo pueden conducir a la ruina de la humanidad”, advertía.
En aquella carta, el papa Juan Pablo II hacía un llamamiento por el desarme, por la colaboración entre las naciones y por el respeto de los derechos de las personas y de los pueblos.
La “victoria del derecho”, advertía, “sigue siendo la mejor garantía del respeto a las personas. Ahora, cuando volvemos a aquellos seis terribles años, no podemos sino horrorizarnos justamente por el desprecio del que el hombre ha sido objeto”.
Holocausto
De todos los horrores de aquella guerra, Juan Pablo II hacía mención especial a la Shoah, que “quedará siempre como una vergüenza para la humanidad”.
“Objeto de la “solución final” pensada por una ideología aberrante, los Hebreos fueron sometidos a privaciones y brutalidades difícilmente descriptibles. Perseguidos inicialmente mediante medidas vejatorias o discriminatorias, éstos finalmente terminaron en los campos de exterminio”, advertía.
“Deseo aquí repetir con fuerza que la hostilidad o el odio contra el judaísmo están en completa contradicción con la visión cristiana de la dignidad del hombre”.
El hombre sin Dios
Más allá de los motivos directos de la guerra, el papa apuntaba como causa profunda el olvido de Dios y la sustitución de la religión por las ideologías totalitarias.
“Ya mucho antes de 1939, en ciertos sectores de la cultura europea aparecía una voluntad de borrar a Dios y su imagen del horizonte del hombre. Se empezaba a adoctrinar en este sentido a los jóvenes, desde la más tierna edad”.
“La experiencia por desgracia ha demostrado que el hombre entregado sólo al poder del hombre, mutilado en sus aspiraciones religiosas, se convierte en seguida en un número o en un objeto”, añadía la carta.
Si bien “ninguna época de la humanidad ha escapado al riesgo de que el hombre se encerrara en sí mismo, en una actitud de orgullosa suficiencia”, este riesgo “se ha acentuado en este siglo en la medida en que la fuerza de las armas, la ciencia y la técnica han podido dar al hombre contemporáneo la ilusión de convertirse en el único amo de la naturaleza y de la historia”.
El Papa advertía contra el abandono de la referencia a Dios y de la ley moral trascendente. “El abismo moral, en el que el desprecio de Dios -y por tanto del hombre- echaron al mundo hace cincuenta años, nos hace palpar el poder del Príncipe de este mundo, que puede seducir las conciencias con la mentira, con el desprecio del hombre y del derecho, con el culto del poder y de la fuerza”.
En este sentido, el Papa señalaba que “en muchos ámbitos de su existencia, el hombre moderno piensa, vive y trabaja como si Dios no existiese. Aquí existe el mismo peligro de ayer: el hombre entregado al poder del hombre”.
Semejante constatación no puede sino incitarnos a un examen de conciencia sobre la calidad de la evangelización de Europa. La caída de los valores cristianos, que ha favorecido los errorres de ayer, debe hacernos vigilantes sobre el modo en el que hoy el Evangelio es anunciado y vivido.
La acción de Pío XII
En otro apartado, el papa polaco recordaba la actuación de la Santa Sede durante la guerra, y especialmente a Pío XII. “No habiendo podido contribuir a evitar la guerra, la Santa Sede se esforzó –dentro del límite de sus medios– a limitar su extensión. El Papa y sus colaboradores trabajaron incesantemente por ello”.
La Carta subraya la total neutralidad de la Iglesia, “tanto a nivel diplomático como en el campo humanitario, sin dejarse arrastrar a alinearse con una parte o la otra, en un conflicto que oponía a pueblos de ideologías y religiones diferentes”.
Concretamente, recordaba la preocupación de Pío XII de “no agravar la situación de las poblaciones sometidas a pruebas fuera de lo común”, citando unas palabras suyas a propósito del sufrimiento del pueblo polaco.
También recordaba que “el nuevo paganismo y los sistemas conectados con él se encarnizaban ciertamente contra los judíos, pero se dirigían también contra el cristianismo, cuya enseñanza había formado el alma de Europa”.
“La Iglesia católica en particular conoció también la pasión, antes y durante el conflicto”, afirmaba el Papa,
recordando, por último, a “los numerosos testigos, conocidos o no, que –en aquellas horas de tribulación– tuvieron el valor de profesar intrépidamente la fe, que supieron erigirse contra el arbitrio ateo y que no se plegaron ante la fuerza”. [Por Inma Álvarez]












