JESUCRISTO: CAMINO, VERDAD Y VIDA
+ José Francisco Ulloa Rojas
Obispo diocesano de Cartago
Ordenación Presbiteral, 22 de mayo 2010
Catedral de Cartago
Homilía
Hermanas y hermanos:
Una vez más el Señor nos congrega como Iglesia Diocesana de Cartago, en esta Catedral de Santiago Apóstol, para acompañar a nuestros queridos Diláconos Jorge Alberto, José Rodrigo, Esteban Adolfo, Juan Carlos y Ronny, en su ordenación presbiteral. Damos infinitas gracias a Dios por tan inmenso don para el servicio de nuestras comunidades parroquiales.
Lo hacemos dentro del Año Sacerdotal que concluirá el próximo 11 de junio, festividad del Sagrado Corazón de Jesús, teniendo como modelo de sacerdote y pastor, a San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, cuyo testimonio y vida ejemplar, hemos contemplado. También, hemos tomado conciencia que el sacerdote es un regalo de Dios para la Iglesia y para la sociedad. Así lo han entendido nuestras comunidades, que se sienten muy cercanas a sus sacerdotes, los aprecian, los acogen y los ayudan.
Por la acción eficaz del Espíritu Santo mediante la imposición de mis manos, dentro de pocos momentos estos jóvenes se transformarán en representantes del Señor Jesús, por la participación de su Sacerdocio Eterno.
A partir de ese momento cada uno comenzará a actuar en la persona de Cristo Cabeza, a representarlo en los tres oficios, las tres acciones de Cristo resucitado, que confiere el Orden Sacerdotal: el oficio de enseñar, de santificar y de gobernar. Cada uno actuará y realizará lo que el sacerdote no podría hacer: sino en nombre de Cristo, la consagración del pan y del vino para que sean realmente la presencia del Señor y la absolución de los pecados
El sacerdote está llamado, como el Cura de Ars, a ser hombre de la misericordia y de la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades, a ejemplo de Jesús que lavó los pies a sus discípulos. Con razón el Santo Cura de Ars, afirmaba: “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.
Esta Ordenación sacerdotal es el broche de oro del quinto aniversario de la creación de nuestra Diócesis, el próximo 24 de mayo (2005-2010), fiesta de María Auxiliadora. Además, lo considero un verdadero regalo de Nuestra Señora de los Ángeles en sus 375 años de su Hallazgo en la Puebla de los pardos, el 2 de agosto del año 1635, por Juana Pereira, mujer humilde y sencilla.
Ante acontecimientos tan significativos y gracias tan abundantes para nuestra querida Diócesis, bien vale la pena que hagamos un alto en el camino y elevemos un canto de agradecimiento a Dios y a la Virgen María por todos los bienes recibidos durante los cinco años que hemos peregrinado como Iglesia Diocesana. Debemos mirar el pasado con ilusión, vivir el presente con pasión y proyectar el futuro con esperanza, siempre bajo la protección de nuestra amadísima Virgen María.
Somos una Iglesia Diocesana muy joven, pero con una historia muy rica. Es mi gran anhelo como primer obispo continuar pensando y trabajando con ustedes a la luz de la realidad socio-religiosa y de las líneas pastorales de la primera Asamblea diocesana de pastoral, celebrada en el mes de julio del año pasado.
Para ello, quiero dirigirme a todos mis queridos diocesanos: sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y fieles laicos, mediante una Carta Pastoral que he titulado: LA FE ES UN DON, LA MISIÓN UNA TAREA: Jesucristo: Camino, Verdad y Vida. Tiene como finalidad iluminar nuestro ser y quehacer pastoral y puntualizar los compromisos que implica hacer de nuestra Diócesis una Iglesia en estado de misión permanente a la luz de Aparecida, como nos lo indica en el numeral 18 del Documento: “Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; transmitir este tesoro es el encargo que hemos recibido del Señor, Camino, Verdad y Vida”.
Quiero aprovechar esta solemne ocasión para hacer una breve presentación sobre su contenido, ya se tendrá el tiempo suficiente para analizarla detenidamente.
El campo de trabajo apostólico que el Señor nos encargó hace cinco años para apacentar, es muy fértil y fecundo, debemos cuidarlo con mucho esmero y cultivarlo con mucha dedicación. En la primera parte de la carta quiero destacar las fortalezas que nos ayudan a vivir, transmitir y profundizar la fe como un don de Dios desde sus orígenes en esta Diócesis. Señalo algunas: Nuestra gente y nuestras comunidades son profundamente eucarísticas y marianas. Nuestras familias conservan un sentido de unidad religiosa. Contamos con un número creciente de agentes de pastoral y ministerios laicales. Surgen abundantes vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada de nuestras comunidades y familias.
También, detectamos cizaña que amenaza y debilita peligrosamente la vida de muchos creyentes, por falta de formación en la fe, por corrientes contrarias a la fe y grupos no católicos que buscan confundir y alejar a fieles católicos de la Iglesia, especialmente a los jóvenes.
La segunda parte de la carta está centrada en los tres pilares que sostienen nuestra fe, como los tres amores claves que dan vida a nuestra vida cristiana.
El primer amor raíz de nuestra fe es la Iglesia de Jesucristo, cimentada en el Santo Padre, el Papa, como cabeza visible de la misma y del Obispo sucesor de los Apóstoles. En la Iglesia formamos la familia de Dios, humana y divina, santa y pecadora, temporal y eterna que nos conduce hacia el cielo. Debemos estar unidos como Iglesia en la fe, esperanza y el amor. La Iglesia es nuestra “Madre y Maestra”.
La Santa Eucaristía, como el centro de toda vida cristiana y de la actividad de la Iglesia, constituye el segundo amor, que debemos intensificar todos los días. No puede existir Iglesia sin Eucaristía, ni Eucaristía sin Iglesia.
Debemos fomentar la conciencia en todos nuestros fieles sobre la presencia real de Cristo, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de la misma. La presencia de Jesús en el sagrario ha de ser como un imán de atracción para un número cada vez mayor de personas enamoradas de El, para gustar y ver qué bueno es el Señor. Se han de mantener, animar y promover todas las tradiciones centenarias de adoración eucarística que se practican en todas nuestras parroquias. Este amor tan grande a la Eucaristía de nuestras comunidades parroquiales es la expresión más evidente de nuestro profundo amor agradecido a Jesucristo y fuente de inagotable bendición.
En tercer lugar, podríamos afirmar que en la Iglesia de Costa Rica, especialmente en nuestra Diócesis, la Santísima Virgen María ha sido y es protagonista en la fe de nuestro pueblo. Desde hace 375 años, desde el inicio de la Evangelización, Ella se hizo presente en medio de nosotros. Ella ha protegido el amor de los esposos, la fe de las familias, ha infundido fortaleza a los débiles y misericordia a los pecadores. Sin lugar a dudas, el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles es el corazón espiritual de Cartago y de Costa Rica, donde multitudes de peregrinos buscan afianzar su fe, fortalecer su esperanza y afrentar su amor. Debemos mirar hacia Ella, Madre y Modelo para comprender lo que significa ser discípulo misionero de su Hijo. Por todos estos motivos es nuestro gran amor pastoral.
En la revisión del rico y amplio campo apostólico del Buen Pastor, hemos hallado tres parcelas de máximo cuidado, es la tercera parte de la Carta Pastoral. El primer desafío pastoral que se nos presenta es una sólida formación doctrinal, pastoral y espiritual permanente y sistemática para los laicos, especialmente para los que se comprometen a llevar el mensaje del Evangelio hasta los más alejados. Sólo conociendo a Jesús podemos amarlo y vivirlo. Urge establecer espacios de formación adonde puedan llegar todos aquellos deseosos de conocer mejor su fe. Para esta formación de los laicos en las diversas áreas del crecimiento de la fe, se creará el Centro Diocesano de Formación “Santiago Apóstol”.
Un campo de la mayor importancia que debemos cultivar es la familia frente a las grandes amenazas que buscan debilitarla. Es nuestro deber apoyar y acompañar a los matrimonios y familias en la vivencia de sus compromisos y valores, en la perseverancia y en el crecimiento de su amor y unidad. El futuro de nuestra Diócesis depende de la familia.
La tercera parcela pastoral más delicada es el campo de los jóvenes. Nuestr a Diócesis es una comunidad joven. Por ello, la juventud deber ser uno de las prioridades de la labor pastoral a nivel diocesano, vicarial y parroquial. Ciertamente la juventud es una realidad compleja, que debe ser atendida acorde a su edad, a su crecimiento educativo y en sus situaciones diversas y difíciles. Ellos son los constructores de la civilización del amor y de la comunidad eclesial. O los formamos para esta tarea o los perdemos de forma irremediable.
A todo lo que hemos dicho debemos agregar tres grandes compromisos pastorales, considerados en la cuarta parte de la Carta pastoral.
El Siervo de Dios Juan Pablo II dijo que: “La perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad”. A ella estamos llamados todos.
Es un compromiso que afecta a todos los cristianos, de cualquier clase o condición, llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. La santidad en un mundo en crisis es crucial, porque es el rostro auténtico de la Iglesia. Toda acción pastoral nos debe llevar a la santidad. Para lograrlo, es necesario ser personas de profunda oración. Este el primer compromiso pastoral que nos exige nuestra acción pastoral diocesana.
El segundo compromiso es la vivencia de la comunión y de la caridad. El Documento de Aparecida nos presenta una Iglesia esencialmente de comunión, cuando nos advierte: “La Iglesia, como comunidad de amor, está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que es comunión y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo. La Iglesia es comunión por el amor. Es su esencia y el signo por el cual está llamada a ser reconocida como discípula de Cristo y servidora de la humanidad. No puede haber vida cristiana, sino en comunidad.
El tercer gran compromiso de nuestro plan pastoral diocesano es el poner a nuestra Iglesia Particular en estado permanente de misión, como nos lo pide el Documento de Aparecida. Se trata de una misión evangelizadora que convoque a todas las fuerzas vivas: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de nuestras comunidades parroquiales. Debemos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo.
Sólo mediante una pastoral orgánica, de comunión y de conjunto podremos continuar realizando esta enorme tarea que el Señor nos ha encomendado desde hace cinco años.
He presentado brevemente al Pueblo de Dios que peregrina en nuestra querida Diócesis de Cartago el inmenso y rico panorama pastoral, donde debemos integrarnos todos como discípulos misioneros del Señor.
Tengo la firme esperanza que estos dos acontecimientos del quinto aniversario de la Diócesis y los 375 años del Hallazgo de la amadísima imagen de Nuestra Señora de los Ángeles nos motivarán aún más para comprometernos todos en la construcción del Reino de Dios.
Pidamos que estos queridos Diáconos a punto de convertirse en otro Cristo por la Ordenación Presbiteral, la Virgen María los cubra con su manto maternal, los proteja y acompañe para que vivan con fidelidad y generosidad todos los compromisos de su vida sacerdotal que van a iniciar al servicio incondicional a la Iglesia que peregrina en Cartago.














Jesús dijo, Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por mí.
Qué hermosa escritura, saber que Cristo nos ama tanto, y que Él nos lleva al Padre!