Miercoles de Ceniza: “Rasguen su corazón, y no sus vestidos”
P. José Mulligan, S.J.
Miércoles de Ceniza es el primer día de la Cuaresma, un período de 40 días de preparación espiritual para celebrar con sentido y autenticidad la Semana Santa. El peligro es que todas estas costumbres se conviertan en una rutina vacía – un poco de cenizas en la frente, los viacrucis, los ramitos del Domingo de Ramos, el lavatorio de los pies en Jueves Santo, la procesión de la Sangre de Cristo en Viernes Santo, el fuego y los cirios, y largas lecturas, en la Vigilia de la Resurrección.
Pero esta Cuaresma puede ser diferente – una verdadera ocasión de transformación personal y colectiva – si prestamos atención a la voz de Cristo que se nos dirige desde las lecturas bíblicas empezando este Miércoles de Ceniza. Necesitamos una renovación interior, expresada, por supuesto, en una renovación estructural de las sociedades en que vivimos, y sobre todo una nueva esperanza – que sí podemos cambiar, con la ayuda del Espíritu Santo, a nosotros y a nuestras instituciones.
Esta esperanza se nutre con estas celebraciones de nuestra fe y con la escucha de la Palabra de Dios, y se realiza en la medida en que todos nos comprometamos en la transformación personal y social, construyendo el Reino de Dios (de justicia y verdadera paz) en la historia.
El profeta Joel
La primera lectura de este Miércoles de Ceniza viene del profeta Joel, que proclama el mensaje de Yavé: “Vuelvan a mí con todo corazón, con ayuno, con llantos y con lamentos. Rasguen su corazón, y no sus vestidos, y vuelvan a Yavé su Dios, porque él es bondadoso y compasivo; le cuesta enojarse, y grande es su misericordia….Congreguen al pueblo, reúnan a los ancianos y que todos se purifiquen” (Joel 2:12-13,16).
Lo que Dios quiere es un cambio de corazón – de corazón de piedra (egoísta, insensible al dolor de los demás) a corazón de carne (compasivo, solidario), como dijo el profeta Ezequiel (36:25-27). Que todos se purifiquen!
Este “volver a Dios” tiene que ser – especialmente para los cristianos que creemos que Dios se hizo hombre en Jesús y que Jesús se hace presente en los hambrientos, enfermos, y otros necesitados – un “volver al prójimo”, dejando atrás nuestra egolatría (culto a sí mismo) y nuestra idolatría al dinero y la resultante corrupción, para volverse al pueblo y a los grandes ideales y las causas de la justicia social, liberación, fraternidad.
Como Zaqueo, el recaudador de impuestos, un judío colaborador con el imperio romano y por eso no bien visto por su propio pueblo, después de explotar por engaño al pueblo, “se volvió” a ellos al responder al llamado de Jesús, dando la mitad de sus bienes al pueblo y restituyendo a sus víctimas cuatro veces más de lo que les había quitado injustamente.
Ya reconciliado, de una manera muy práctica y costosa para él, con su gente, es reconocido por Jesús como miembro otra vez del pueblo de Israel. Jesús, fuertemente criticado por estar en la casa de un “pecador”, dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también este hombre es un hijo de Abraham. El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lucas 19:9-10).
Zaqueo había rasgado su corazón y no sus vestidos – a menos que rasgara su bolsillo para sacar el dinero superfluo o robado y dárselo a los pobres. Era un oficial corrupto, pero Jesús quería platicar con él y quedarse en su casa, y Zaqueo cambió drásticamente, dejando de ser un saqueador de su pueblo.
Volviendo al profeta Joel, hemos leído que Yavé recomienda el ayuno como signo auténtico de la conversión. Y vamos a ver cómo Jesús acepta esta práctica cuando sea sincera y no ostentosa. Pero no hay duda que el ayuno no es la característica principal de un miembro del pueblo de Dios.
El profeta Isaías, más de cinco siglos antes de Jesús, había dicho: “En los días de ayuno ustedes se dedican a sus negocios y obligan a trabajar a sus obreros. Ustedes ayunan entre peleas y contiendas, y golpean con maldad. No es con esta clase de ayunos que lograrán que se escuchen sus voces allá arriba. ¿Cómo debe ser el ayuno que me gusta, o el día en que el hombre se humilla? ¿Acaso se trata nada más que de doblar la cabeza como un junco o de acostarse sobre sacos y ceniza? ¿A eso llamas ayuno y día agradable a Yavé?
“¿No saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo. Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano” (Isaías 58:3-7). Resulta que el “ayuno” que agrada a Dios no es ningún ayuno sino la lucha liberadora y la compasión activa.
Muchas personas en América Latina y otras partes del mundo no pueden ayunar “voluntariamente”, es decir, como opción, puesto que por su dura realidad económica están ayunando todos los días. Pero sí ellos, y los que tienen más recursos, pueden practicar el ayuno que más gusta al Señor, según él mismo.
Más adelante en Joel encontramos un pasaje (no incluido en la lectura de Miércoles de Ceniza) bien conocido y muy inspirador: “Esto es lo que ha de suceder después: Yo derramaré mi Espíritu sobre cualquier mortal. Tus hijos y tus hijas profetizarán, los ancianos tendrán sueños y los jóvenes verán visiones. Hasta sobre los siervos y las sirvientas derramaré mi Espíritu en aquellos días” (3:1-2).
El Espíritu de Dios se derramará libremente y de una manera igualitaria sobre todo el pueblo, incluso los siervos y las sirvientas, levantando a profetas jóvenes con sus visiones de liberación y justicia y resucitando en los ancianos los sueños todavía no realizados de una sociedad nueva. Que regalo más bello y más necesario hoy! El deseo de Dios es que todos(as) sean profetas inspirados.
Segunda Carta a los Corintios
En la segunda lectura de hoy, San Pablo se identifica como “embajador de Cristo”, un apóstol (enviado) y ayudante de Dios, una misión a la que todos(as) nosotros estamos llamados:
“Nos presentamos, pues, como embajadores de Cristo, como si Dios mismo les exhortara por nuestra boca. En nombre de Cristo les rogamos: ¡déjense reconciliar con Dios! Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió pecado, para que así nosotros participáramos en él de la justicia y perfección de Dios” (2 Corintios 5:20-21).
La invitación del embajador, ¡déjense reconciliar con Dios! es un desafío pero al mismo tiempo una buena noticia, porque significa que Dios es tan misericordioso que va a aceptar nuestra solicitud de reconciliación y que nosotros tenemos la fuerza del Espíritu de Amor para cambiarnos en verdaderos Hijos(as) de Dios, participando, en Cristo, “de la justicia y perfección de Dios”. ¡Nada menos!
Pablo sigue, diciendo que es un “ayudante de Dios” y citando la Escritura: “En el momento fijado te escuché, en el día de la salvación te ayudé. Este es el momento favorable, éste es el día de la salvación” (6:2) La salvación no es un peso duro, sino un momento en que Dios nos ayuda a arrepentirnos sinceramente de nuestra conducta destructiva y comprometernos a ser hermanos y hermanas solidarias.
Este momento “favorable” bien puede ser ahora, hoy, ¡este minuto! Es cuando uno se dé cuenta de lo que ha hecho y de en qué rumbo va su vida, reconociendo sus explotaciones de otros y decidiendo pedirles perdón a ellos (si es posible) y a Dios y vivir una vida nueva de compasión y justicia. Hay que esforzarnos para no seguir posponiendo el “momento favorable”.
En los versículos que siguen después del texto de la Misa de hoy, Pablo describe las oposiciones que él había experimentado como embajador de Dios que proclama el amor del Padre a todos los pueblos, razas, y naciones y no solo a su propio pueblo de Israel: “de mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer. Se ve en nosotros pureza de vida, conocimiento, espíritu abierto y bondad, con la actuación del Espíritu Santo y el amor sincero, con las palabras de verdad y con la fuerza de Dios, con las armas de la justicia, tanto para atacar como para defendernos.
“Unas veces nos honran y otras nos insultan; recibimos tanto críticas como alabanzas; pasamos por mentirosos, aunque decimos la verdad; por desconocidos, aunque nos conocen. Nos dan por muertos, pero vivimos; se suceden los castigos, pero no somos ajusticiados; nos tocan mil penas, y permanecemos alegres. Somos pobres, y enriquecemos a muchos, no tenemos nada, y lo poseemos todo” (vv.4-10).
El embajador de Cristo, por ser profeta que anuncia la buena nueva de Dios a los pobres y la liberación a los oprimidos y también que denuncia “con las armas de la justicia” a los orgullosos de pensarse el único “pueblo de Dios” y a los injustos y explotadores, sufre persecuciones hasta una cruz, como él mismo que los envía a su misión.
Así que la persona que se reconcilia con Dios no puede quedarse sola y pasiva, gozando interiormente de su paz con Dios, sino que se convierte en un activo embajador y ayudante de Dios en su proyecto de salvar a la humanidad, cambiando el curso de la historia humana. ¡Nada menos! Y esta colaboración con la lucha de Dios lleva a muchos(as) al martirio como consecuencia de su fidelidad a la causa del Reino.
Un poco más adelante Pablo afirma que “nosotros somos el Templo del Dios vivo. Dios lo dijo: Habitaré y viviré en medio de ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (v. 16). ¡Qué enorme dignidad tenemos si somos el Templo de Dios! En su primera carta a los mismos corintios Pablo los había descrito en términos aún más maravillosos: “Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él” (1 Corintios 12:27).
Hay algunos que dicen a los miembros de las Comunidades Eclesiales de Base que su Casa de Oración o de Formación, que ellos llaman su capilla, “no es digna” de Dios. Pero lo importante es que sea adecuado como pequeño edificio y una casita acogedora a la gente pobre, puesto que el verdadero “Templo del Dios vivo” es la comunidad de personas y esta comunidad es Templo de Dios en la medida en que sea el Cuerpo de Cristo en el mundo.
Claro, nunca somos dignos de que venga el Señor a nosotros como a su casa, “pero una palabra suya bastará para sanarnos”.
Antes del texto leído hoy de la Segunda Carta a los Corintios pero en el mismo capítulo 5, Pablo había escrito: “El amor de Cristo nos urge, y afirmamos que si él murió por todos, entonces todos han muerto” (v. 14). Aquí se refiere al amor de Cristo, no a Cristo – es decir, al amor mostrado por Jesús, sin egoísmo, dirigido a otros(as). Este amor ejemplar nos atrae a Cristo y nos empuja a dedicarnos al pueblo como él. Jesús dio su vida por el pueblo, es decir, en fidelidad a su causa que es el verdadero bien de los pueblos.
En el bautismo y en el compromiso cristiano a amar y servir, morimos con Jesús – morimos a nosotros mismos y a nuestros intereses egoístas – “para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para él, que por ellos murió y resucitó….Toda persona que está en Cristo es una creación nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha llegado” (vv. 15, 17). El hombre nuevo y la mujer nueva vive para Cristo Jesús – amándole a él como amigo especial en la oración e igualmente y necesariamente sirviéndole como necesitado en la solidaridad (Mateo 25:31-46) y en la lucha por un mundo mejor. Aquí sí es cuestión de nuestro amor a Cristo.
El Evangelio según San Mateo
Antes de considerar el texto del evangelio en el misal para hoy, vamos a mirar los versículos que lo preceden: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo’. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos…. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo” (Mateo 5:43-48).
Esta perfección cristiana consiste en amar al pueblo hasta las últimas consecuencias, hasta dar la vida por los demás y solidarizarse hasta con los enemigos (que no quiere decir que no debemos luchar no-violentamente en defensa de los derechos del pueblo). Así seríamos Hijos(as) del Padre y “perfectos” como él. Por supuesto no podemos alcanzar la perfección divina, pero esta expresión, “perfectos como él”, indica por donde tenemos que ir hacia la perfección humana y qué la caracteriza.
Esta santidad no tiene nada que ver con las pretensiones de santidad de los que aparentan amar a los prójimos y a Dios pero que en realidad son egoístas que buscan la fama y la adulación del pueblo. En el pasaje que se lee hoy en la Misa, bien titulado en la biblia latinoamericana “hacer el bien sólo por Dios”, Jesús enseña: “Guárdense de las buenas acciones hechas a la vista de todos, a fin de que todos las aprecien. Pues en ese caso, no les quedaría premio alguno que esperar de su Padre que está en el cielo.
“Cuando ayudes a un necesitado, no lo publiques al son de trompetas; no imites a los que dan espectáculo en las sinagogas y en las calles, para que los hombres los alaben. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Tú, cuando ayudes a un necesitado, ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha: tu limosna quedará en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.
“Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará” (Mateo 6:1-6).
Los siguientes versículos no están incluidos en la lectura de hoy en el misal. “Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se los oiga. No hagan como ellos, pues antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan”. Aquí Jesús les enseña el Padre Nuestro, un ejemplo de una oración personal, profunda, y muy breve. “Ustedes, pues, recen así….” (vv. 7-8).
Una de las peticiones, “venga a nosotros tu reino”, es un grito al cielo para que venga una situación distinta – justa, equitativa, solidaria. Este reino viene en la medida en que luchemos para que la voluntad liberadora de Dios “se haga” aquí en la tierra, como dice el siguiente versículo. Sí, se puede!
Volviendo a los versículos leídos en la Misa de hoy, Jesús habla del ayuno: “Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Cuando tú hagas ayuno, lávate la cara y perfúmate el cabello. No son los hombres los que notarán tu ayuno, sino tu Padre que ve las cosas secretas, y tu Padre que ve en lo secreto, te premiará (vv. 16-18).
El mensaje de Jesús es que nuestros actos de compasión y solidaridad como nuestra oración y ayuno sean auténticas expresiones de amor al prójimo y a Dios en vez de ser tácticas egoístas para conseguir la alabanza del público.
Hasta aquí el texto del evangelio leído hoy, Miércoles de Ceniza. Pero, como hemos indicado anteriormente, para entender un texto, nos ayuda verlo en su “contexto” para conocer la enseñanza más completa de Jesús. Él sigue recomendando: “No junten tesoros y reservas aquí en la tierra, donde la polilla y el óxido hacen estragos, y donde los ladrones rompen el muro y roban. Junten tesoros y reservas en el Cielo, donde no hay polilla ni óxido para hacer estragos, y donde no hay ladrones para romper el muro y robar. Pues donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (vv. 19-21).
Los tesoros que duran, que nos dan la verdadera felicidad en vida y que la gente recuerda con lágrimas en la vela de uno, no son riquezas materiales, ni fama, ni el poder, sino la amistad, la lealtad al pueblo, la solidaridad, la honestidad, el amor.
Por eso Jesús sigue enseñando en este sentido: “Nadie puede servir a dos patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero” (v. 24). La idolatría sigue siendo una gran tentación para el pueblo de Dios, como era para el pueblo de Israel, pero la tentación que menciona Jesús y que sigue fuerte hoy día es la tentación a dar culto (darse totalmente, hasta sacrificar los otros valores de la vida humana) al dios Dinero, como si fuera el máximo bien.
Un teólogo norteamericano inventó la palabra “money-theism” como el verdadero “monoteismo” (fe en solo un Dios) de muchos. Esta idolatría es mucho más dañina a la humanidad que el ateismo.
Pero aquí el pueblo común, campesino y trabajador o desempleado, puede decir con razón: “Mirá, yo no sirvo al dinero como a un dios, pero sí necesito un poco, o un poco más, para que mi gente sobreviva”. Claro que sí! Más adelante en el mismo capítulo el Maestro reconoce esta realidad económica, diciendo que Dios mismo la sabe: “Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas” (vv. 32-33).
De hecho, la lucha común de un pueblo bien organizado, si logra crear una sociedad solidaria donde los recursos se compartan para que nadie tenga necesidad, es mucho más eficaz que millones de luchas individuales y personales en que cada uno es lobo a sus propios hermanos(as) pobres.
Finalmente volvamos al “ahora” de Pablo: “Este es el momento favorable, éste es el día de la salvación”.












