Guillermo Villegas Hoffmeister: de la guerra a la conciliación
http://www.tribunademocratica.com
http://www.clubdelibros.com/

• Un alajuelense de corazón, un periodista honrado y trabajador que siempre ha defendido sus principios y valores. Don Guillermo Villegas, carné No. 73 del Colegio de Periodistas, es un profesional de carácter que tuvo la oportunidad de estar al lado de los personajes más emblemáticos que dieron pie a la Fundación de la Segunda República. Han transcurrido más de 60 años desde la Revolución de 1948, pero don Guillermo sigue defendiendo los ideales de la Guerra Civil del cuarenta y ocho, con el mismo orgullo y pasión, con los cuales se inició aquel acontecimiento histórico.
Por Juan José Arce Vargas
¿Cómo fueron sus inicios en el periodismo?
Yo comencé a aficionarme por el periodismo desde que estaba en la escuela, con Roberto Prieto García, hacíamos un “periodiquito” que circulaba en la Escuela República de Guatemala, donde yo estudiaba y en la Escuela Ascensión Esquivel donde él estaba, el periódico era a mano, luego una hermana mía me regalo un “imprentita” de tipos de hule. Con eso formábamos los títulos que iban impresos con una letra diferente, más tarde hicimos, una o dos ediciones, hechas con el polígrafo de la escuela, pero hasta ahí llego el asunto.
Luego más tarde salí de la escuela, e ingresé al Instituto (de Alajuela), de donde me expulsaron. En mi casa me metieron al taller mecánico, ahí aprendí soldadura y torno. Yo soy mecánico soldador.
Luego me involucré con todos lo hechos del 48, cuando la revolución terminó ingresé otra vez al Instituto (de Alajuela).
Ese año, fue un año muy bonito. En el instituto se editó un periódico llamado El Mentor que tenía cobertura provincial, yo era uno de los redactores de El Mentor y el encargado de distribución.
¿Recuerda quiénes eran los redactores de El Mentor?
Estaban don Leonel Sánchez Quesada, don Guido Sánchez Fernández que fue después uno de los fundadores del Colegio de Periodistas, don Claudio Sánchez Fernández y dos o tres alumnos. Recuerdo a Oscar Mario Porras y Roberto Prieto.
Luego me casé, volví a trabajar un tiempo de mecánica y trabajé en la construcción de la carretera Interamericana, también por ese tiempo me gané un concurso histórico- literario que hizo la Comisión para la Celebración del Centenario de la Guerra Nacional. (La Guerra de 1856, conocida como Campaña Nacional). El primer premio lo ganó Carlos Veleti, el segundo Carlos Sánchez y el tercero me lo llevé yo.
Un amigo mío, compañero de colegio, don Julio Forero Schlottenhausen era el Gerente de La República, entonces me dijo que me fuera a trabajar con ellos, así empecé en un periódico que se llamaba la Última Noticia, que era el vespertino de La República
Ahí comencé a escribir, trabajar e inventar cosas en el periódico, porque siempre el periódico me aburría mucho, en razón de que eran un montón de noticias y la mayor parte de las cosas sin ninguna trascendencia.
¿Qué sección era la más gustada en esas épocas?
La única diversión que tenía la gente era leer tiras cómicas, por medio de estas yo aprendí a leer cuando tenía 5 o 6 años. Leí la única tira cómica que se publicaba era “Popeye” en el Diario de Costa Rica.
Entonces en la Última Noticia empezamos a meter cosas como “La Cegua”, de Alajuela como cuando Neto Urbina se ofreció ir a la Luna cuando iban a mandar a la perra Laica, “La Momia de Talamanca”, el “Diablo Manudo” y así por el estilo.
Cosas que por decir eran tonteras pero que a la gente le gustaba. Tanto así, que la circulación aumentó de una forma pavorosa, pasamos de 2000 ejemplares a sacar 20 mil, porque la gente necesita un escape, la gente no necesita un medio de información con solo cosas muy serias, profundamente pensadas, que transforman el universo. También es necesario un espacio de distracción.
Por ejemplo, a mi me duele cuando repiten las tiras cómicas de las que me gusta leer. Me duele cuando las repiten por tres días seguidos, me parece un descuido irrespetuoso a lectores como yo.
¿Cómo recuerda sus inicios en el ejercicio del periodismo?
Transcurrió entre pleitos a veces, gozaderas a veces, mucha bohemia, porque el periodismo de antes era muy diferente, por ejemplo a veces le daba a uno las 5 de la tarde cubriendo fuentes y llegábamos al periódico a redactar. Salíamos a las 11 de la noche.
Ahora pues se ha facilitado mucho todo, con las computadoras, pero siempre guardando la misma responsabilidad que hay que guardar, sí considero que nosotros teníamos la oportunidad de salir tarde en la noche e ir de bohemia, a veces nos reuníamos a conversar.
A mi me tocó, por suerte, conversar con muchos colegas, porque La República y La Nación quedaban al frente. Muchas veces salíamos los periodistas de ambos medios a un negocio muy lindo que se llamó el Pierrot.
Ahí nos sentábamos un montón de muchachillos, con señores de la envergadura de don Ricardo Castro Bechee y don Manuel Formoso. Eran cátedras, nosotros íbamos y nos tomábamos un trago con ellos y esa conversación maravillosa.
Mucha gente creía que don Ricardo era una persona estirada, por su condición económica, pero al contrario era un hombre maravilloso, disfrutábamos aquella charla de conocimientos que nos sirvió mucho.
¿Usted compartió con muchas figuras políticas que vinieron de exiliados a Costa Rica?
Estaba en boga la Internacional de las Espadas. Estados Unidos se presentaba como el faro de luz de la libertad del mundo y Franklin Roosevelt aparece como el libertador que llenó, a través de su política de buena voluntad, de dictaduras al continente americano.
Costa Rica, después de 1948, era un oasis de libertad, la esperanza de liberación de muchos de esos pueblos y se convirtió en un receptáculo de gente de otros países, aquí estuvo Raúl Leoni, Rómulo Betancourt, el padre Talavera de Paraguay, hasta argelinos que estaban luchando contra España, venían de todos lados del mundo.
Con una suerte para los que trabajábamos en La República donde recalaban. Entonces, nosotros tuvimos contacto con todos los pensamientos de gente de gran categoría.
Llegó un momento en que Carlos Andrés Pérez, fue Director de La República y otro señor que se llamó Domingo Alberto Rangel quien escribía una columna que se llamaba “Meridiano Económico”, un genio.
Ese periodismo tenía a veces cierto sabor extranjerizante, pero dieron también una visión distinta a la visión aldeana que teníamos los costarricenses. Desde ahí se libraron muchas luchas contra esas dictaduras, comenzando con Batista, siguiendo con Trujillo y después con las centroamericanas hasta llegar donde hemos llegado.
Lamentablemente, no todas las luchas dieron los resultados que se esperaba, por ejemplo, Cuba se libró de Batista pero puso a Fidel. En República Dominicana las cosas han ido mejorando mucho, en fin en muchos casos como dice el refrán “la venada salió careta”.
¿Cómo ve usted el cambio del tratamiento de los temas políticos en la prensa nacional?
Pensamiento político siempre hubo. La prensa comienza con La Tertulia y El Mentor Costarricense que eran pavorosamente politiqueros en contra del Gobierno, pero ya cuando el periodismo toma más vuelo, se trabaja en temas costumbristas y todo eso porque en un principio no había plata para pagar reporteros. Entonces lo que había eran colaboradores.
Con la tecnificación entran las agencias noticiosas, llega el telefoto y otras cosas que cambian el periodismo.
El periodismo en Costa Rica es muy malo, porque las empresas siguen apegadas a la tradición de las fuentes oficiales, además el periodismo de Costa Rica es periodismo de San José, las provincias cuentan para muy poco.
TESTIMONIO DE LA GUERRA DE 1948
Usted estuvo muy de cerca con personajes sobresalientes de la Guerra del 48 como don Pepe y Frank Marshall
Yo a Frank lo conocí desde que éramos chiquillos, su familia tenía una finca aquí para arriba de San Isidro de Alajuela, luego Frank se fue para Alemania y cuando volvió ya estábamos en plena guerra.
A don Pepe lo conocí en su oficina, acompañado de Rafael Ángel Solís, Manuel Salas Camacho y Rolando Orozco Guardia, donde nos presentamos con una carta del Doctor Marcial Rodríguez y otra del abogado don Omar Quesada Alvarado.
Nosotros íbamos a pedirle a don Pepe lineamientos y hasta cierto punto, permiso para empezar a poner bombas en 1946. Don Pepe nos recibió muy amable y nos habló de la necesidad de la guerra pero no nos autorizo, pero tampoco nos desautorizó.
Años más tarde él dijo, yo no autoricé a nadie, ni lo desautorice, porque si las cosas salían mal yo era el responsable y si salían bien le quitaba el mérito a ellos, entonces que cada uno actuara dentro de una misma línea de pensamiento y en la forma que mejor creyera.
Después de la Revolución yo tuve mucho contacto con don Pepe cuando trabajé en La República, pero muchísimo mayor contacto con don Frank.
¿Cuál fue su relación con Frank Marshall?
Frank y yo fuimos muy buenos amigos, incluso puedo asegurar que la última conversación que tuvo don Frank antes de morir fue conmigo.
Yo pasé con Frank cosas maravillosas, siempre lo he tenido en mi memoria y creo que el pensamiento que yo tengo lo comparte mucha gente.
A mi me tocó bailar un baile muy “jodido”, por las diferencias entre Frank y don Pepe. Eran cosas muy fregadas, Frank siempre le guardó lealtad a don Pepe, yo no podría decir que a él (don Pepe) le guardó lealtad de la misma forma, pero bueno yo era amigo de los dos y tuve que jugar a veces papeles medio raros, pero al final todo salió bien.
¿Qué otros personajes recuerda en su etapa de escritor?
El segundo comandante de la guerra, don Alberto Martén que tanto ha contribuido a esclarecer la verdad histórica en los memorables sucesos de la vida nacional, me ofreció su reconocimiento. Esos son los mejores galardones que uno puede tener.
Cuando publiqué las historias de la Guerra de 1948 en Excelcior y La Prensa Libre, hice 164 entrevistas, anduve por todo el país buscando la gente.
¿Cuál es el sentimiento después de la Guerra Civil?
Eso todavía sigue porque hay mucha gente que sigue guardando odios. Personalmente en mi familia sufrimos mucho. En todo el proceso de Calderón y de Picado sufrimos persecuciones y muchas cosas. Definitivamente, eso a uno no se le olvida.
Sin embargo, yo logré superar muchos de todos esos traumas, porque para mí el periodismo estuvo por encima de todo, prueba de ello, fue cuando el doctor Calderón, tras 10 años de auto exilio regresa a Costa Rica y fui a entrevistarlo a su casa.
Dos frases me dijo nada más, para un periódico enemigo que era Última Noticia, que era de Liberación Nacional. Desde de ese momento, establecimos el doctor y yo una relación muy buena, fue un gran caballero, yo iba de vez en cuando a entrevistarlo.
Eso me llevó muchos años más tarde, a plantear un proyecto con un colega sobre un libro de entrevistas con el doctor, pero el Doctor murió y no pudimos hacerlo. Eso me llevó años más tarde a entrevistar a la ex primera dama y ex esposa de Calderón Guardia, doña Ivonne Clays. (El otro Calderón Guardia, se publicó en 1985).
Ahí contamos muchas cosas que nunca se hubieran contado, y saqué conclusiones de que el doctor tenía una condición humana muy especial, a él se le debe un gran avance de Costa Rica. La Caja Costarricense de Seguro Social, eso no hay con qué pagárselo. De las Garantías Sociales ya de eso se venía hablando, el Código de Trabajo fue también una recopilación de leyes, pero el Seguro Social es una cosa maravillosa, lo mismo que el proyecto de las casas baratas que se construyeron en varias ciudadelas
Haciendo un buen ejercicio del periodismo, usted consulta todas las versiones, entre las que recuerdo la entrevista a don Arnoldo Ferreto del Partido Comunista
Yo establecí buena amistad con Ferreto. Recuerdo que una vez me llevaron a la Universidad Nacional a hablar sobre el 48, ese día Ferreto se sentó a la par mía, hablamos un rato y a la salida lo encontré esperando taxi, como los dos vivíamos en Alajuela me lo llevé de vuelta y lo dejé en su casa.
Luego, tiempo después lo entrevisté y publiqué un libro titulado Gestación, Desarrollo y Consecuencias de los Hechos del 48, Ferreto me hace una dedicatoria que todavía conservo.
Creo que pude lograr algún tipo de equilibrio para poder escribir lo que escribí, no solo con la recopilación de documentos, sino en la síntesis que hago de lo que la gente me contó y de mis recuerdos.











