Ante Dios y ante los hombres
Giovanni Maria Vian
Frente a la situación grave y vergonzosa que está viviendo la Iglesia en Irlanda desde hace ya demasiados años, Benedicto XVI ha tomado la decisión de dirigir a los católicos del país una carta que por su valentía no tiene precedentes: un documento evangélico para responder a un inaudito oscurecimiento de la luz del Evangelio, que el Papa ha querido publicar después de un encuentro con los obispos irlandeses convocados en Roma. Declarando su profunda preocupación, Benedicto XVI afirma que comparte la turbación, la consternación y el sentimiento de traición que viven muchos católicos por actos pecaminosos y criminales, y por el modo en que los han afrontado las autoridades de la Iglesia en el país.
La tristeza y la severidad del texto del Papa evocan la carta, perdida, que el apóstol san Pablo recuerda haber escrito a los Corintios “con el corazón angustiado y con muchas lágrimas”, no para aumentar la tristeza de su comunidad, sino para sostenerla con su amor. Así el documento dirigido a los católicos de Irlanda ha sido escrito para no encubrir el mal realizado -ante Dios y ante los hombres- y sobre todo para mirar hacia adelante. Ante todo, para reparar la horrenda culpa de los abusos perpetrados a menores según la justicia y según el Evangelio.
Para ello, los católicos irlandeses deben recordar la grande y a menudo heroica historia cristiana, de la que en las últimas décadas la Iglesia en el país no ha sabido ser digna, olvidando el patrimonio de la tradición y tergiversando la renovación deseada por el Vaticano ii. En particular, no se ha respetado el derecho canónico, que está al servicio del Evangelio y de la persona humana, con consecuencias desastrosas para la admisión al sacerdocio y para la formación de los eclesiásticos, encubriendo por último las faltas para evitar escándalos.
El diagnóstico lúcido y severo de la carta es perfectamente coherente con la labor que ha llevado a cabo durante casi treinta años el cardenal Ratzinger, resumida en su exclamación durante el vía crucis del 25 de marzo de 2005, pocos días antes de la muerte de Juan Pablo ii: “¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia, y también entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!”. Y es coherente con todo lo que ha hecho como Papa desde el día de su elección, también para Irlanda: ya el 28 de octubre de 2006 exhortó a los obispos del país a “establecer la verdad de lo sucedido en el pasado, dar todos los pasos necesarios para evitar que se repita, garantizar que se respeten plenamente los principios de justicia y, sobre todo, curar a las víctimas y a todos los afectados por esos crímenes abominables”.
A quienes han sufrido los abusos el Papa dirige “con humildad” palabras claras y conmovedoras, declarando una vez más vergüenza y remordimiento, consciente de que a algunas víctimas ahora les resulta “difícil incluso entrar en una iglesia”, pero asegurándoles que podrán ser curadas precisamente por las heridas de Cristo. Y a los jóvenes recomienda mantener la mirada fija en Jesús, “porque él nunca traicionará vuestra confianza”. Confianza traicionada en cambio por los culpables, que deberán responder de ello ante Dios y ante los tribunales. A ellos, y a los obispos que han faltado, la carta reserva expresiones muy severas para contribuir a un proceso, que será largo, de penitencia y curación. Con la mirada dirigida al único Señor que puede hacer nuevas todas las cosas.












