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December 27, 2011 – 7:10 am | No Comment

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LA REVOLUCION DE LA CONCIENCIA

Submitted by Mynor on May 2, 2010 – 7:41 pmNo Comment
Rolando Araya Monge 

CIMG0164A la hora de decidir sobre la presentación del programa de gobierno de Alianza Patriótica, se optó por llamarlo la Revolución de la Esperanza y utilizar el concepto del despertar de la conciencia, en vez de revolución, como estaba originalmente. Ambos son hermosos, pero no tienen el mismo sentido. De igual manera, se evitó profundizar en el verdadero significado del concepto de conciencia pensando que provocaría discusiones en torno a algo demasiado extraño a la política usual, en un programa partidario. Mucho peso para ese puente.

Sin embargo, habiendo surgido el interés en varios eventos por este tema, sí conviene desarrollar bien la idea para explicar mejor su sentido cuando el ambiente, especialmente televisivo, se llena de especulaciones en torno a grandes cambios, a las llamadas profecías mayas y hasta predicciones apocalípticas, a cambios cósmicos. Cosas que dejan rezagadas las discusiones políticas como algo vacío.

El idioma español es menos abundante que el inglés en sinónimos y acepciones sobre la palabra CONCIENCIA. En inglés, la misma palabra recoge la variedad de ideas en torno al concepto: conscience, consciousness, awareness, alertness, para mencionar algunos. El diccionario define la palabra como “la propiedad del espíritu humano de reconocerse en todos sus atributos y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta.” Hasta llega a tener una connotación religiosa: escuchar la voz de la conciencia ocurre cuando se va a hacer algo incorrecto.

Más recientemente han surgido otros conceptos como “presencia”, conciencia del ahora, conciencia del instante presente, conciencia lúcida, atención, estado de alerta, el ser. Al pasar lista, el profesor dice el nombre de un estudiante y este contesta: -“Presente”. Eso quiere decir que está ahí. Pero lo más probable es que estando físicamente presente, esté mentalmente ausente, con la mente en otro lado, “en la luna”, como solíamos decir en la escuela. Leemos, pero no aprendemos porque la mente está con otros pensamientos. Ni siquiera apreciamos el sabor de lo que comemos mientras estamos comiendo. Esto le pasa a la gran mayoría de seres humanos. No estamos atentos, no estamos experimentando el momento, el ahora como lo ha llamado Eckhart Tolle.

Este autor nos narra, en uno de sus libros, que solía ver a una mujer en el Metro de Londres, con una conducta que la hacía aparecer demente: hablaba en voz alta consigo misma, gritaba delante de los pasajeros, y se enfrascaba en discusiones con personajes de su propia mente. Nadie se sentaba a su lado, por considerarla loca. Un día, la vio entrar a la biblioteca de su universidad y se dio cuenta que trabajaba ahí, y esto lo sorprendió mucho. ¿En mi universidad? ¿Una mujer en ese estado? Sin embargo, al poco rato, estando en el baño se dio cuenta que él también mantenía un diálogo mental parecido que lo alejaba de la realidad, que le impedía concentrarse en lo que estaba haciendo. Y la única diferencia con la supuesta chiflada era no hacerlo en voz alta. Y así nos conducimos la gran mayoría. Una tempestad de ideas, un torrente de pensamientos, de supuestos diálogos ocupa nuestra mente, permanentemente. Eso es ausencia, en vez de presencia, inconsciencia, enajenación. Y así transcurren nuestras vidas. Estamos aquí, pero con nuestra mente en otra parte. Es parecido a soñar despiertos, por eso puede considerarse la vida normal como un sonambulismo, o una hipnosis.

Por eso hablamos de despertar de la conciencia, cuando en realidad, necesitamos una revolución del espíritu humano que acabe la ocupación de su ego, de ese polizón convertido en capitán e instaure el verdadero yo, el que vive, observa, siente, oye y habla, sabiendo que vive, observa, oye y habla en ese mismo momento; consciente de cada palabra, de cada sonido, de cada mirada, de cada emoción.

La sociedad de la información ha agregado potentes factores de inconsciencia. La televisión es capaz de reducir la mente humana a los más profundos niveles de alienación. Miles de millones de seres humanos pasan horas y horas embobados con toda clase de programas y la vida real gira en torno a ellos. Nada llega a ser real, una guerra, una erupción, si no alcanza a salir en la televisión. El alcohol y las drogas también logran profundizar nuestro estado de inconsciencia. Y como de una u otra manera, una gran cantidad de personas viven con una silenciosa desesperación interior, buscan el televisor, el alcohol, la hiperactividad y otras adicciones para ocultar su estado. No pueden estar a solas, en silencio, ante sí mismos, ni un solo instante.

Al salir del hospital con su madre, después de visitar a un familiar grave a quien tenían entubado y conectado a toda clase de aparatos, un joven, muy resuelto, le pide a su madre que si algún día llega a verlo conectado y dependiendo de aparatos, que lo desconectara. Al llegar a la casa, su madre le desconectó el televisor, el “Play Station”, la computadora, el “ipod” y el celular. Esta realidad de nuestros tiempos nos confirma que vivimos con una profunda hipnosis electrónica, inconscientes. La videomanía induce la videocracia. Esta ya casi acabó con la ciudadanía. En medio de la enajenación colectiva creada, y acentuada por la globalización, ha nacido la corporatocracia (el poder de las grandes empresas), como una exhumación del fascismo, la cual reduce la democracia a algo insignificante.

Este estado es el causante de la mayor parte de los males de la humanidad. Y hay quienes ven en la inconsciencia al único pecado, pues desde ese estado cometemos las peores atrocidades. Muchos homicidas llegan a pensar, una vez serenos, si no fue otra persona la que cometió el crimen. Actúan como si estuvieran poseídos. Esto suena fuerte, pero en efecto, estamos poseídos por un ego artificial de fabricación social. Y pasamos la vida entera identificándonos con ese ego como si fuera nuestro verdadero yo.

Tener conciencia no es simplemente estar informados, ni siquiera tener un juicio crítico sobre los acontecimientos. Es instalar el yo verdadero al mando de mi mente y de mi cuerpo. Si no somos capaces de manejar la mente a nuestro antojo, entonces la mente nos maneja. Sartre criticaba el pensamiento de Descartes (pienso, luego existo), diciendo que el ser que piensa no es el mismo que existe. En efecto, eso es lo que pasa. En realidad, algo nos piensa. Si no estamos totalmente conscientes del momento en que surge un pensamiento y lo guiamos nosotros mismos, ese pensamiento y los que vienen detrás son autónomos, vuelan de aquí para allá, sin que podamos evitarlo. Nos piensan, nos manejan, provocan emociones y nos hacen reaccionar, sin que hayamos decidido nada. Ese pensamiento es el hilo de actuación del ego que entierra al verdadero ser.

Cada cambio de paradigma, de cosmovisión, ha implicado cambios de conciencia. Ken Wilber explicó la existencia de una espiral evolutiva de la historia donde se despliegan distintos estados de conciencia y estos son los que inducen la esencia de una determinada etapa. Según él, buena parte de la humanidad, por lo menos el mundo occidental, se encuentra en un estado dominado por la razón. Pero que hay sectores viviendo en otros niveles de conciencia, por ejemplo, los que aun mantienen teocracias, o hay una fusión entre el poder político y el poder religioso. Y existen todavía grupos humanos en los estados más primitivos de conciencia. Jeremy Rifkin, en su último libro, La Civilización Empática, habla de una era mitológica, otra teológica, otra ideológica y una más reciente, que él llama psicológica. Otros lo presentan como una secuencia entre MITHOS, THEOS, LOGOS, HOLOS.

El ser humano prehistórico, viviendo en clanes o en hordas, tenía poco sentido de la individualidad. Había más noción del nosotros que del yo individual, el cual empezó a objetivarse con el inicio de las primeras civilizaciones hasta alcanzar el más alto grado en la modernidad, cuyo paradigma político más generalizado se basa en la afirmación del individuo. La aparición del lenguaje supuso un cambio de conciencia. Posiblemente también la aparición de la comunicación escrita. Cada paso de estos logró hacer cambios de paradigma, de civilización.

John Locke, al extrapolar los hallazgos científicos de Newton y la visión de Bacon y Descartes, sienta las bases de sociedades organizadas sobre los derechos inalienables de las personas, de los individuos, como los componentes esenciales del universo social; como son los cuerpos y las partículas del universo físico de Newton. Este paradigma reduccionista, mecánico y materialista se amplía a todos los demás campos: a la economía con Adam Smith, a la historia con Carlos Marx, a la biología con Darwin y a la psicología con Freud. Con base en ello, la misma visión de la medicina alopática, nacida al calor de esta filosofía, es aplicada a la política, la economía y la administración. Cada parte funciona de manera compartimentada, todo está fragmentado y el orden puede restaurarse desde afuera.

La nueva etapa del HOLOS sería la cosmovisión dominante de la civilización que sustituiría a esta era en la cual reina el mecanicismo materialista. Los atisbos de la conciencia emergente se expresa en la lucha ambiental, por la paz, la igualdad, por los derechos sociales, por la socialización del conocimiento, por el cambio educativo, por la distribución de poder y de riqueza. La visión ecológica y cuántica levanta el telón sobre una nueva cosmovisión basada en la unidad, la integración total, la complementariedad, y la conciencia individual influyendo en la realidad observada y la conciencia colectiva.

Los perfiles conceptuales del paradigma actual son: mecanicismo, materialismo, reduccionismo, racionalismo, economicismo, explotación irracional de la naturaleza, individualismo enfermizo, el dinero como dios, progreso material (no espiritual, ni psicológico), y valores que conducen al poder, la fama y la riqueza.

No se puede negar el éxito y los grandes avances que esta cosmovisión ha logrado, especialmente en los últimos tiempos. Los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos de nuestros tiempos han llevado a dominar la electricidad, a fabricar motores, autos, a surcar los aires con la aviación, la telefonía, la radio, la televisión, los antibióticos, los satélites y los viajes espaciales, las computadoras, Internet y la propia sociedad de la información. Nunca se llegó a soñar con semejante poder material ni con el nivel de vida de las naciones más avanzadas del mundo, sin el progreso generado por este paradigma. El ser humano ha llegado a viajar a la luna y aunque no corresponda a los mismos estados mentales, ha producido prodigios en la música y las artes en general, capaces de generar asombro y admiración.

Sin embargo, el mismo orden capaz de estos prodigios, también ha creado los mayores horrores en la guerra, el calentamiento global, las crisis y las grandes amenazas ambientales. Ha producido también una increíble desigualdad. En el año 1900, la diferencia entre el ingreso per cápita del país más rico del mundo, en comparación con el más pobre era de 4:1. En 1990, llegó a ser de 100:1 y en 2005 el ingreso por habitante de Luxemburgo, versus el de Sierra Leona, llegó a ser de 400:1. Y no ha podido lograr paz, igualdad, libertad, felicidad, justicia, ni ha logrado alcanzar el bien, ni la verdad, ni el amor.

La principal causa de los problemas que vive el mundo es la inconsciencia, la ausencia mental. Y esta es la era de la mente, la razón, el logos, la ciencia, la ideología. Mucho conocimiento, pero poca conciencia. Mucha materia, pero poco espíritu. Y en ella también se ha producido esta explosión entrópica en forma de violencia, corrupción, terrorismo, destrucción ecológica, neurosis, desesperación, soledad, separación, adicciones y desintegración planetaria, como los rasgos más visibles de la crisis mundial. La ausencia, la inconsciencia, el dominio del ego están en el origen de estos horrores. Todas las ideologías y todas las religiones, víctimas de esta ceguera, de una u otra manera, han ayudado a llevar a los seres humanos a protagonizar guerras terribles por el solo propósito de imponer su visión de mundo y su poderío.

El drama actual, caracterizado por la crisis económica, el cambio climático, el fin de la era de los combustibles fósiles, la amenaza de una gran escasez de agua y alimentos y el peligro de devastadoras pandemias causadas por la manipulación genética, marcan el fin de una era. La impotencia del pensamiento económico, de la ciencia y la tecnología y de las propias ideologías es tal, que aun los más idealistas han terminado por sucumbir ante un supuesto pragmatismo, que no es otra cosa que volver al tanteo, a la ética del oportunismo, esperando acertar como en piñata. Los logros quedarán como las grandes pirámides, pero al igual que otros instantes de la evolución humana, la inviabilidad termodinámica, la insostenibilidad ecológica y la insuficiencia espiritual han demostrado que el conocimiento, el ego y la mente racional no bastan para lograr la paz, como un estado espiritual de la plenitud humana. Hace falta la conciencia, la presencia, el ser.

Sí, es cierto: la era de la razón y el logos ha impulsado la etapa de mayor progreso material y tecnológico jamás visto en la historia. Ni el propio palacio de Zeus habría podido compararse con los prodigios que un griego de la antigüedad vería en el hogar más humilde, si resucitara para aparecer en estos tiempos. Pero la tecnología y las ideologías al servicio de este gran desequilibrio psicológico y espiritual han provocado graves amenazas.

M.D. Ouspensky, en su obra “In Search of the Miraculous”, sostiene que hay dos líneas en la evolución humana: una línea del conocimiento y otra del ser. Ambas deben crecer paralela y simultáneamente, ayudándose una a la otra. Si el conocimiento se coloca muy adelante del ser (conciencia), entonces, se hace menos aplicable y hasta dañino, pues en lugar de servir a la vida y ayudar a la gente con sus problemas, comienza a complicar la vida humana, trae nuevas dificultades y calamidades que no existían. Esto describe claramente el momento actual.

Quizás haya un paralelismo entre las interpretaciones bíblicas que salen en varios canales de televisión, como History Channel, NatGeo y otros, donde presentan los hechos que observamos como el apocalipsis, la batalla entre el bien y el mal, como el inicio del Armagedón. Al igual que lo presentó el Baghavad Gita, hay una lucha entre el ego y el espíritu. Hoy el ego trasciende el individuo y pasa a formar parte de un gran inconsciente colectivo que empuja al ser humano a generar hechos horribles; o a insensibilizarse ante el peligro, como vimos en la cumbre ecológica de Copenhague, recientemente. Muy parecido a esa lucha entre Dios y Satán, tal y como la presenta la información televisiva, a tono con varias profecías o vaticinios, procedentes de la Biblia, los mayas, Nostradamus, astrónomos con bagaje científico y astrólogos de toda clase.

Ya todo esto está causando un clima de miedo, pero la gran mayoría de los seres humanos sigue pensando en soluciones políticas, en el ascenso de un gran líder, en reivindicaciones populares, hasta en revoluciones como un segundo intento de responder a las preguntas que aún siguen sin respuesta. Sin embargo, hemos llegado a un punto en el cual ningún modelo económico, ninguna ideología, ninguna teoría política, ninguna revolución podrá arreglar la situación mundial por sí misma. La política, la ciencia y la tecnología lucen impotentes ante la realidad. La política tal y como la conocemos desde los griegos, o la de Maquiavelo, hasta la política mediática de nuestros tiempos ya no puede impulsar el gran cambio. La arrogante razón de la Ilustración, el logos y hasta la ciencia tan avanzada se achican ante los fenómenos que hemos empezado a ver.

Por otra parte, los pueblos siguen perdiendo la pasión política, los políticos tienen menos liderazgo y los verdaderos amos son los jefes de las grandes corporaciones. Pero ni estas son capaces de generar respuesta al drama del momento. Ningún problema puede resolverse desde la misma inteligencia que lo creó.

Para empezar a ver la luz es preciso colocarse los lentes de un nuevo paradigma y admitir que del logos, debe pasarse a la era del holos, a la visión integral y unificada del universo. Y esto requiere una cosmovisión distinta. El mundo solo puede cambiarse desde adentro, no por la acción alopática de leyes y políticas. El cambio debe darse en el ser humano mismo, en un renacimiento, en un salto cuántico de la conciencia humana.

La historia de la desaparecida Unión Soviética puede explicar el resultado de procesos políticos impuestos desde afuera, desde arriba, no nacidos en el interior de la conciencia de un pueblo. Ni las teorías de Marx habrían recomendado la revolución proletaria en un país feudal, sin obreros y con un pueblo que oyó hablar de socialismo cuando ya lo habían impuesto. No obstante, un ideal ético como el socialismo sigue esperando a un salto cuántico de la historia para evolucionar en su propio hábitat espiritual. El fenómeno social solo es viable cuando llegamos a entender nuestras vidas en función del servicio a los demás.

En realidad, el paradigma mecanicista tampoco explica bien el éxito de varias sociedades de nuestros tiempos. Solemos alabar al alcalde cuando vemos una ciudad limpia, sin darnos cuenta que son ciudadanos educados y responsables quienes hacen esto posible. La situación de un país está determinada por la calidad (educación, valores) del pueblo que lo habita, no tanto por la bondad del gobierno. El gobierno mismo acaba siendo un resultado de la mente colectiva. En Dinamarca, no hay corrupción, pero no por sus buenos controles y leyes contra el enriquecimiento ilícito, sino por la conducta del pueblo danés. Suecia, más socialista y Suiza, más individualista, ambos tienen grados de igualdad social semejantes. Eso solo puede explicarse por el grado de educación y conciencia social vigente en los suecos y los suizos. Una convivencia civilizada induce necesariamente un alto grado de igualdad. En realidad, el socialismo es una categoría espiritual que puede expresarse en una particular organización de la sociedad.

Arreglar los problemas de un país solo a través de leyes e instituciones, o políticas es como pretender embellecer una mujer maquillando su imagen en el espejo. Es como querer cambiar el curso de un río en su desembocadura, con los remos del bote que navega en él. Todo es un reflejo. El mundo legal y político es un resultado de la conciencia colectiva. Cuando funcionan bien no es tanto como efecto de la perfección de las normas, como de la calidad de los actores.

Las puertas del cambio solo se abren por dentro. La solución no puede ser decretada, solo puede ser conquistada, desde abajo, desde adentro. Es preciso despertar, sentir el “ser”, tener “presencia”, ser conscientes, estar abiertos a la dinámica de los acontecimientos, estar en el instante presente, en el ahora, en el ya. La revolución necesaria es una revolución de la conciencia.

Al igual que hicimos con los perfiles conceptuales del mecanicismo, los de la nueva conciencia serían: empática, cuántica, ecológica, holística, espiritual, ética. Quizás podríamos hacer una lista comparativa para explicarlo mejor.

Nuevo Paradigma / viejo Paradigma
Espiritualidad / materialismo
Empatía / conflicto, competencia
Asertividad / neurosis, paranoia
Conciencia / alienación, ego, falso yo
Ecología / destrucción ambiental
Conciencia social / falsa individualidad
Responsabilidad social / indiferencia, anomia
Mente abierta, alerta / hipnosis, sonambulismo
Presencia / ausencia, mente en otro tiempo
Conciencia superior / ideología, modelos
Distribución de poder / concentración (poder y riqueza)
Amor incondicional / interés personal
Cooperación / utilitarismo
Estado descentralizado / centralismo burocrático
Autogobierno / burocracia vertical
Liderazgo de servicio / autócratas
Conocimiento como un bien social / patentes, privatización
Integración / fragmentación
Dar / tener
Medicina holística / Salud como negocio
Educación Transpersonal / educación utilitarista
Compartir / acumular
Crecimiento humano / crecimiento entrópico ilimitado
Sabiduría / Información
Ser / tener
Ecohumanismo / progreso material
Vivir / existir

La conciencia ve cosmos, el ego ve caos.

La conciencia ve evolución, el ego ve inseguridad, inestabilidad.

La conciencia percibe libertad, el ego teme por falta de control.

La conciencia ve complementariedad, el ego ve opuestos.

La conciencia ve sincronicidad, el ego ve casualidad.

La conciencia ve unidad en diversidad, el ego ve fragmentación

La conciencia ve relaciones, el ego ve objetos.

La conciencia encuentra riqueza en el silencio, en el vacío, en el encuentro con el Yo, en la gratitud y el servicio.

Según San Agustín, el ser humano cambia por una de dos razones: por amor o por sufrimiento. No se ven muchos signos de amor en el cambio. Esta crisis podría estarnos anunciando una transición muy dura, traumática, como nos revelan las catástrofes naturales. Mente sin espíritu puede tener un gran poder destructivo.

¿Cómo dar el salto cuántico y prepararnos para una nueva historia? Hay quienes valoran lo que ocurre como el fin de la prehistoria del espíritu, como el inicio del paradigma del ser, de la presencia, de la conciencia, la cual no vendrá por decreto, ni por una revolución ideológica, sino de cambios individuales capaces de producir una reacción en cadena y ascender al plano social para manifestarse en el todo como un nuevo orden, el cual tendrá, seguramente, una caracterización ideológica propia de una nueva cultura.

M. D. Ouspensky, en la obra citada, tiene pensamientos que obligan a una reflexión profunda para comprender la naturaleza del cambio. El autor relata una relación con su maestro Gurdjieff, con quien, al hablar sobre los problemas del mundo, le pregunta qué hacer. Y el maestro le dice que es imposible hacer nada; que el ser humano debe eliminar una cantidad de ideas equivocadas antes de hacer cualquier cambio. De otra manera, todo se construirá con fundaciones falsas. Pensamos que podemos hacer y solo preguntamos cómo hacerlo. Pero en realidad, nadie hace nada y nadie puede hacer nada. Todo ocurre. Todo lo que el hombre haga, ocurre, como llover o nevar. El maestro compara al ser humano con una máquina. Todas sus obras, sus acciones, sus palabras, pensamientos, emociones, convicciones y opiniones son el resultado de influencias externas. Los pensamientos de todo el mundo interactúan con la mente individual de una manera que puede ser explicada desde la concepción holográfica de la realidad.

Y si en efecto, estamos ocupados por un ego polizón, este actuará como una máquina basada en la información acumulada a lo largo de la vida. Ouspensky recuerda que su maestro le explicó todavía más: los movimientos populares, las guerras, las revoluciones, los cambios de gobierno, todo pasa. Y todo lo que el ser humano haga o construya, ame, odie o desee, simplemente ocurre.

Todo esto suena muy fuerte. Pero si volvemos a nuestra inconsciencia, a nuestra ausencia, entonces tendríamos que coincidir en aceptar que lo que hagamos en estado de enajenación no es obra nuestra. Nuestros pensamientos los vemos como cosa propia, pero no es así. Si no somos conscientes, si no tenemos presencia, no haremos nada. El libre albedrío es una categoría de la conciencia, no del ego.

Nuestra actuación es un reflejo de un ego ajeno, de un campo mental colectivo, de Matrix, como en la película de cine. Vivimos en medio de espejismos. Siendo tan difícil de aceptar que no podamos hacer nada, Ouspensky, le pregunta a su maestro: “¿Y nadie puede hacer nada?” –Esa es otra pregunta –dijo el maestro, “para hacer es necesario ser.” Para hacer algo es preciso ser.

Ser es estar presente, consciente del instante presente. Solo con la presencia, el ser, la conciencia se puede crear el escenario donde podamos empezar a resolver los problemas.

Para dar el salto, para pasar de la inconsciencia al ser, de la ausencia a la presencia, existen algunas técnicas psicológicas o espirituales, como la meditación, la oración, el silencio, la soledad, el ayuno, el contacto con la naturaleza. Es posible también que una vez que la conciencia haya triunfado en una masa crítica de seres humanos, entonces, por algo semejante a los campos mórficos de Sheldrake, se logre una especie de mutación mental en el resto de la especie.

Todo esto tiene relación con “Conócete a ti mismo”, las palabras que aparecían escritas a la entrada del oráculo en el Templo de Apolo en Delfos. Para ayudar a este proceso es útil pensar en un gran cambio educativo, que habrá de brotar como resultado de la acción de precursores que ahora abundan por todo el mundo, como parte de una conspiración silenciosa capaz de sumar más personas a la voluntad de cambio.

Precisamente, una idea llamada Educación Transpersonal se basa en aprender a ser, en guiar a la persona hacia la conquista de la presencia, hacia la conciencia. Esta idea usa como estrategia el desarrollo del hemisferio derecho del cerebro, especializado en la intuición, la imaginación, la inteligencia emocional, la creatividad, las facultades artísticas y utiliza algunas psicotécnicas para lograr el despertar, desencadenar una inteligencia superior y facultades extraordinarias que se encuentran aletargadas en el cerebro.

La idea de las comunidades de aprendizaje como parte de una sociedad educativa puede dar inicio a una gran conspiración hacia el nacimiento del nuevo ser humano, el verdadero ser libre. La constitución de redes de aprendientes libres que utilizan todos los instrumentos de estos tiempos será capaz de traer innovaciones como la educación holística con mucho potencial para estimular la trascendencia. El antropólogo jesuita, Teilhard de Chardin sostenía que ya el ser humano estaba en el umbral de una expansión mundial de la conciencia.

También, es posible fomentar organizaciones que la impulsen. El campo mental de tales organizaciones sumará su efecto a los cambios personales. El trabajo mental colectivo es muy potente. La historia de las religiones está llena de ejemplos sobre cómo las organizaciones son capaces de dar un impulso al cambio cuando se mantienen fieles al propósito.

Solo así se podrá pensar en una civilización empática como propone Jeremy Rifkin, o abrir el camino del socialismo cuántico, como una categoría del espíritu, no como una panacea ideológica. Esa cultura es un nuevo orden político nacido de un estado superior de la mente, de una nueva conciencia, construido desde el espíritu, no a partir de leyes y modelos económicos. Una nueva civilización no será producto de un gran gobierno. Más bien, será al revés, el gran gobierno será el resultado de la nueva conciencia. Será una cultura capaz de salvar al planeta, de evitar una gran catástrofe, la victoria del espíritu sobre el ego, de la presencia sobre la enajenación.

Tampoco podrá verse como el producto de un triunfo de la izquierda o de la derecha, de los socialistas o de los capitalistas. Estas son categorías del paradigma mecanicista, de la era del logos y, como vemos, no alcanzan a generar el cambio necesario. Estamos hablando de otro mundo en la experiencia humana, en el cual la utopía no procede de un gobierno perfecto, sino del ser humano bueno, amoroso, empático, solidario, libre, ecológico, del ser consciente.

Quizás, no estamos diciendo nada nuevo. Cuando preguntaron a Jesús cual era la forma de lograr la salvación, contestó diciendo que era necesario nacer de nuevo. Este también es el significado de lograr la conciencia, la presencia, el ser dentro de nosotros. Con ello se libera el gran misterio que habita en nuestro propio interior y nos permite reconocer que en esta encrucijada, ya no hay solución material, y solo queda el camino de una solución espiritual, la trascendencia del ser humano, el inicio de la historia del espíritu. Ese es el verdadero sentido del estremecimiento cósmico, del cambio planetario: el nacimiento del nuevo ser humano libre y consciente.

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