Anniel Quesada mas que belleza
July 26, 2010 – 9:36 am | No Comment

Su belleza es exuberante, su elegancia le hace ver como una reina. Ella es una de las muejres más bellas de nuestro país y de allí, que en Informe-C fuera designada como LA MODELO ELEGANCIA …

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Campañas que siempre han sido

Submitted by Mynor on January 31, 2010 – 1:19 pmNo Comment

 Por décadas, el “debate de ideas” ha estado más cerca del ideal que de la realidad

Eduardo Ulibarri

http://www.nacion.com/ln_ee/2010/enero/31/opinion2244381.html

periodista

Con la misma insistencia que algunos adoptan para recrear la imagen de una idílica Costa Rica rural, en cada temporada política es frecuente la añoranza por rescatar borrosas épocas en que, supuestamente, prevalecían las “campañas de ideas”, no las de ataque o charanga. La actual no ha sido una excepción.

Esa apacible imagen de acuarela, con campesinos sonrientes, pobres y ricos compartiendo pupitre en la escuela Buenaventura Corrales, un Estado siempre “solidario” y una ejemplar armonía obrero-patronal, olvida la mortalidad infantil de entonces, la falta de cobertura en educación y salud, la discriminación de género y los contingentes de niños y adultos descalzos, entre muchos lunares ya superados.

Los supuestos. El llamado a volver a un ayer presumiblemente mejor en las campañas, parte de una “lógica” similar: idealizar el pasado y denostar el presente. E implica suponer, al menos, dos cosas:

La primera, que, en efecto, la pugna electoral de antaño giraba en torno a ideas y programas, con sesudas discusiones en que muchos ciudadanos participaban, y los demás seguían con atención para, finalmente, tomar decisiones razonadas.

La segunda, que en la actualidad imperan la emotividad manipulada, el mercadeo burdo, la falta de propuestas y el personalismo extremo.

La realidad, sin embargo, es otra: ni antes la cosa era tan buena, ni ahora tan mala.

Que una confrontación política derivara en guerra civil no es, precisamente, ejemplo de sobriedad.

Don Cleto, don Ricardo, don Rafael Ángel y don Pepe siempre fueron mucho más que sus partidos: en esencia, caudillos.

Las promesas de caminos y sacos de arroz; las palmaditas o presiones de los gamonales; las verticales “líneas de partido” (o candidato) y las ofertas de nombramientos o placas de taxi a los dirigentes, se pierden en la historia.

Cuando, cada cuatro años, se reactivaban las “voces del odio”, se revivían las divisiones de los cuarenta, se componían –y repetían— simplistas tonadas electorales, se acusaba a los adversarios de comunistas o agentes de la CIA, y se usaban múltiples – aunque poco refinados— slogans , no estábamos, precisamente, ante el intercambio civilizado de ideas. Tampoco, ante los programas como ejes de discusión sesuda o punto de partida para negociaciones con el bien común como único objetivo.

El pasado electoral tiene muchas virtudes rescatables, pero dista del ideal reconstruido por la olvidadiza nostalgia. Lo sensato es verlo como parte de un proceso en el que, gracias a muchos de los logros de antaño, pero también de las mejoras de hogaño, el país ha seguido avanzando, aunque en medio de imperfecciones.

Los cambios. Hoy, sin duda, la mercadotecnia política se ha impuesto a las tradicionales estructuras de partido; las campañas se diseñan con el mismo guión técnico-profesional que el lanzamiento de un jabón orgánico; las imágenes móviles están en el centro de la publicidad; el nervio breve se impone al verbo largo, y las frases y poses se ensayan con rigor actoral.

También hay ataques, como antes; también, como antes, se fabrican rumores y orquestan actividades, se exagera lo bueno propio y lo malo ajeno, y se usa todo mecanismo posible para conocer y dirigir las preferencias de los electores: antes eran el número de casas embanderadas o los conteos de los dirigentes; ahora, la frialdad metódica de las encuestas, no todas correctas, pero casi ninguna manipulada con alevosía.

En medio de la explosión simbólica del presente, las ideas y los programas pasan a segundo plano. Pero esto no quiere decir que brillen por su ausencia. Allí están, al menos en las páginas web de los partidos y en los folletos que circulan trabajosamente.

Gracias a las nuevas tecnologías, quien desee leerlos puede llegar a ellos con mayor facilidad que antes; quien ande tras las ideas de los candidatos, puede conectarse a alguno de los numerosos debates (no siempre interesantes); leer, ver u oír las múltiples entrevistas (no siempre acertadas), o prestar atención a algunos de sus discursos.

En esta campaña, Liberación Nacional insertó en La Nación una versión resumida y esquemática de su programa. Ningún otro partido lo hizo, quizá por falta recursos, pero difícilmente sufrirán por ello.

Es decir, la oferta ha existido. El problema, más bien, parece estar en la demanda: pocos electores se molestan por las abstracciones ideológicas o programáticas. Más bien, la mayoría construye sus visiones de candidatos y partidos a partir de múltiples variables. Entre ellas están las propuestas y se filtran las ideas, pero también pesan las experiencias de vida, interacciones, actitudes, suspicacias, identidades, valores e información acumulados a lo largo del tiempo por cada persona.

Las visiones. Si la gente no se focaliza, sistemáticamente, en un programa, o si no exige a los candidatos y partidos definiciones ideológicas con precisión de laboratorio, es porque, desde su visión autónoma, les otorgan poco valor. ¿Se les habrá otorgado antes?

Siempre ha sido muy importante si partidos y candidatos son liberales o conservadores, comunistas o demócratas, entusiastas del mercado o del Estado. Pero para identificar esas tendencias no es necesario sumergirse en las grises columnas de los programas o analizar sus parloteos ideológicos. Eso es algo que, simplemente, “se sabe”, por una suerte de ósmosis que, en realidad, es una suma de estímulos decantados por el tiempo y las conductas.

No olvidemos que, ahora mucho más que antes, los electores tienen tan buenos o mejores conocimientos e informaciones que los candidatos.

Y recordemos que, tras el disfraz de las “ideas”, con frecuencias se esconden mitos, falsedades, truculencias y manipulaciones monstruosas. El siglo XX fue pródigo en ejemplos.

Hay muchas críticas que hacer a las campañas de hoy. También, a las de antes. Como sucede con el verano, siempre creemos que este es el más seco y caluroso. Pero no siempre es así: ni con el verano ni con la política.

La de ahora no es ni la mejor ni la peor campaña; ni la más agresiva ni la más apacible. Es, simplemente, una más, con sus personajes turbios, pero también lúcidos; con sus mentiras y verdades; con sus temores y esperanzas.

Cada cual puede hacer su lista de críticas. En la mía, los dos primeros lugares los ocupan la empecinada negativa de Otto Guevara y Ottón Solís para reconocer importantes avances y virtudes recientes, y la tendencia de muchos periodistas y analistas a generalizar sin atención a los matices o evidencias.

Ejemplo de esto último es decir que toda la campaña ha sido de ataques y que no se han expuesto ideas razonables. Simplemente, no es cierto.

Que uno sea incapaz de identificar propuestas o de encontrar el trigo bueno en el pajar del ruido, es una cosa; culpar a otros de esa incapacidad, algo muy distinto. También injusto: para los actores políticos responsables y, sobre todo, para la democracia.

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